Este año los mayas están de moda, los mayas muertos, no los vivos que subsisten agazapados en la pobreza, como ya Samuel Ramos lamentaba en El perfil del hombre y la cultura en México, los mexicanos rendimos culto al indígena histórico, pero desdeñamos al vivo. Existen honrosas excepciones, desde luego, pero poco ha cambiado esta actitud desde que fue publicado su libro en 1934. No puedo desaprovechar la oportunidad para compartir un cuento sobre los mayas que siempre me ha gustado mucho. El cuento fue escrito por un hispanoamericano y narra el choque entre dos mundos (cultural, intelectual, físico), me parece interesante porque narra la visión de los vencedores que se han identificado con los vencidos, la escritura de cuentos es una forma de reivindicación de acciones pretéritas malogradas, es una forma de hacer justicia histórica. Los vencedores son los que tienen al español como lengua materna, mejor dicho, los descendientes de los vencedores, léase conquistadores. Lo cual no quiere decir que estemos de acuerdo o que simpaticemos siquiera con las atrocidades cometidas en el pasado por los españoles en tierras americanas, por ejemplo las tristemente célebres quemas de códices mayas, actos barbáricos que en pleno siglo XXI en países “civilizados” siguen ocurriendo. El cuento se titula El eclipse, del guatemalteco Augusto Monterroso. Intentaré una síntesis. Fray Bartolomé Arrazola, predicador de la fe cristiana en la selva de Guatemala, es prisionero de los mayas y será sacrificado, con la soberbia que caracterizaba a los misioneros que se creían superiores en todo a los mesoamericanos, sobre todo en materia astronómica, el fraile, que hablaba maya, urdió un ardid para salvarse, los amenazó diciéndoles: “Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura”. El fraile se sorprendió de observar incredulidad en los ojos de sus verdugos, vale la pena citar el final: “Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.” Me parece un cuento magistral en esa brevedad tan característica de la prosa de Monterroso, breve pero sesuda. La historia me parece divertida porque si en algo fueron sabios los mayos fue en astronomía, en la predicción exacta de eclipses en un periodo milenario, y un escolástico que no tenía más conocimiento de la mecánica celeste que la física aristotélica-ptolemaica aprendida dogmáticamente en un libro y nunca en la observación directa o con cálculos matemáticos, no podía enseñarles astronomía a los mayas. El sistema ptolemaico permitía hacer predicciones sencillas, de eclipses por ejemplo, pero generalmente erróneas. A Monterroso le hubiera entusiasmado saber que los glifos mayas fueron finalmente descifrados y su civilización forma parte ya no de la especulación arqueológica sino de la historia, con pleno derecho, pues el requisito sine qua non para ser considerado parte de la historia es la escritura. ¿Encuentro de dos mundos o choque de civilizaciones, según el término acuñado por León Portilla antes que Huntington lo empleara? Creo que los mayas han vivido muchos 2012, 1521 fue uno de esos años, los mayas clásicos habían abandonad sus suntuosas ciudades, pero vivían en la selva, donde fueron diezmados por los conquistadores españoles, y sus documentos históricos quemados en la hoguera de los emisarios de la inquisición. Es lícito que la literatura trate asuntos extra estéticos, las implicaciones de El eclipse son prolíficas, dos cosmovisiones se encuentran con violencia, ergo, la intolerancia impera y a sangre y fuego se impuso una de las dos civilizaciones. Cada una tenía sus tesoros intelectuales y espirituales, pero una fue más fuerte y se impuso con el argumento de las armas. El cuento nos muestra la simpatía que sentimos los hispanoamericanos hacia los vencidos (sobre todo los intelectuales), de quienes nos consideramos herederos aunque no lo seamos, quienes hablamos español somos los tataranietos de los conquistadores, pero también de los frailes y de los humanistas que legislaron y abogaron a favor de los indígenas, en contra de sus crueles compatriotas. Monterroso se imaginó una situación muy verosímil, que pudo haber ocurrido centenares de veces en aquellos durísimos años, lo rescatable de todo es la belleza del estilo literario que posee nuestra lengua, la capacidad afinadísima para el sarcasmo (como en la frase final del cuento “sin la valiosa ayuda de Aristóteles”) y la autocrítica histórica. Creo como Carlos Fuentes en El espejo enterrado, en la reconciliación de los dos mundos, hay mucho qué aprender sobre los mayas y sobre la prosa de Monterroso, autor de Obras completas y otros cuentos.
domingo, 5 de febrero de 2012
sábado, 28 de enero de 2012
La poesía de Gonzalo Rojas
Todos sabemos que la principal industria de los chilenos es la producción de los mejores vinos de América, acaso del mundo, pero sobre todo Chile es una tierra de poetas, sus viñedos como los del valle de Tarapacá han dado al mundo de habla española a poetas como Gabriela Mistral (primera Premio Nobel de Literatura chilena) Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Nicanor Parra (Premio Cervantes 2011), Oscar Hahn, Enrique Lihn, la lista es extensa, aquí me detengo, escribiré en esta ocasión unas palabras sobre la poesía de Gonzalo Rojas (1917-2011). Mi amigo chileno-mexicano Néstor Portela me puso en aprietos en alguna ocasión preguntándome ¿Cuál de los grandes poetas chilenos es tu favorito? Es una pregunta tramposa, que implica elegir sólo a uno y rechazar al resto, pero respondí sin pensar que Gonzalo Rojas. El año pasado don Gonzalo se marchó de este mundo, dejándonos una herencia poética majestuosa, que yo como lector le agradezco infinitamente donde quiera que se encuentre, su poesía es predominantemente erótica, hedonista, en el mejor sentido de la palabra, pero también es una poesía genésica, es decir, que acude a los orígenes de nuestra lengua, es una poesía culta que bebió de las fuentes clásicas (y ese hecho hace que me guste más, son recurrentes las menciones y los parafraseos de poetas como Catulo y Ovidio, que Rojas leyó en latín) pero que vivió en el siglo XX, que supo ser contemporánea de su época y supo fusionar el pasado más lejano con el presente de rostro futurista que le toco en suerte vivir. Es también la literatura escrita por Gonzalo Rojas la meditación poética de un viajero, el poeta tuvo la fortuna de vivir en varios países europeos y sudamericanos y lo consigna en sus poemas, pero más allá de las largas estancias obligadas por el exilio, por la dolorosa diáspora chilena, los viajes realizados por todos los rincones del mundo (y por todos los rincones del tiempo, pues un poeta que lee y que se apasiona por la historia no puede ser sino genial, un Dante contemporáneo, le otorga a su poesía un toque de atemporalidad) han dejado un influjo innegable en sus poemas. El crítico literario Julio Ortega escribió al respecto: “Poesía de deslumbramientos e interrogaciones, cuestiona los órdenes del discurso con su tensión expresiva auscultante, dice los estados límites del saber poético, y alienta en diálogos con las materias vivas del mundo”. (Antología de la poesía hispanoamericana actual, Siglo XXI). Quedeshím Quedeshoth es el poema que da título a la última antología poética editada por el FCE en México en el 2009. Estas palabras están escritas en fenicio y significan “cortesana del templo”. Así comienza el poema: “Mala suerte acostarse con fenicias, yo me acosté/ con una en Cádiz bellísima/ y no supe de mi horóscopo hasta/ mucho después cuando el Mediterráneo empezó a exigir/ más y más oleaje…” En este poema Rojas se encuentra en su elemento, los viajes al pasado de la lengua española, en este caso a la prehistoria, pues la lengua fenicia (semítica como el árabe y el hebreo) fue hablada en la península ibérica antes de que los romanos los expulsaran para siempre de Europa, los fenicios fundaron Cádiz, hace 3,000 años, hay resabios de palabras fenicias en nuestra lengua y el poeta ha sabido aprovecharlas para sus versos. La travesía marítima es un elemento poderoso y permanente también en sus poemas. Es célebre el poema “Perdí mi juventud en los burdeles” donde aún se manifiesta la influencia baudeleriana, pero ya expresaba la vocación por el tema del erotismo no como leitmotiv sino como modus vivendi poético. Ha sido muy celebrado su poema ¿Qué se ama cuando se ama?, he aquí un fragmento: “Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida/ o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué/ es eso: ¿amor?...” En síntesis, la poesía de Rojas es embriagadora, posee el rojo intenso de la pasión por la vida y sus placeres, sus dichas y privilegios, el tono bermejo de los tintos chilenos. Por eso califico a la obra poética de don Gonzalo Rojas de enológica, oinos en griego significa vino, de ahí nuestra moderna palabra enología: el estudio científico del vino, que hunde sus raíces, como todo nuestro vocabulario ultramodernista, en el orbe grecorromano. Me consta que los chilenos sienten debilidad por el vino, y también por la buena comida, en casa de mi amigo probé las auténticas empanadas chilenas. Radiqué cuatro meses en Edmonton en el otoño de 2008, una ciudad del norte de Canadá, ahí conviví con la comunidad chilena que fue acogida generosamente por los canadienses en 1973 a raíz del golpe de Pinochet. El 11 de septiembre hacen una fiesta en honor a Salvador Allende. Los hijos de los exiliados nacidos en Canadá, y que han vivido toda su vida allá, muchos de ellos aunque no han puesto un pie en el país andino, son apasionados nacionalistas chilenos, es muy conmovedor constatar cómo aman la lengua española y su cultura chilena, pues se consideran latinoamericanos. Son bilingües pero aman más la lengua de Neruda que la de Shakespeare. Son chilenos en el eterno exilio heredado por sus padres que saben de memoria muchos fragmentos del Canto General, con ellos compartí la mesa, la guitarra, el vino y la poesía de Gonzalo Rojas.
domingo, 15 de enero de 2012
Acerca del idioma español
SOCORRO ANGULO ENTREVISTA A FRANCISCO GONZÁLEZ
¿Cómo se formó el Idioma español, de qué lenguas está formada? (Aquí me surge una duda, ¿sabes qué diferencia hay entre lengua y dialecto?)
El español es un dialecto del latín denominado vulgar por los filólogos románicos, para distinguirlo del latín literario o culto. El latín a su vez es un dialecto del indoeuropeo que se habló hace 6,000 años. El latín vulgar era la lengua hablada y el literario la escrita. Los dialectos son las variaciones de las lenguas en el tiempo y en el espacio, son también las manifestaciones regionales de una lengua. Los dialectos son ramas de un mismo tronco lingüístico, una lengua es un dialecto que se un día armó de un ejército. Durante el Renacimiento cuando los españoles se preguntaron: ¿qué es el idioma español? La respuesta natural fue: es el latín hablado en España, así como el francés era el latín hablado en Francia. El 70 % del vocabulario de nuestra lengua proviene del latín, 10 % del griego y el resto de otras lenguas como el euskera, el hebreo, el gótico, el árabe (este introdujo palabras persas y sánscritas), el francés y el inglés.
¿Por qué se le conoce también como "castellano"?
Porque nació en Castilla, en el norte de España, comenzó por ser un dialecto marginal en la península ibérica, superado en número y prestigio por el mozárabe, el catalán, el asturiano, el leonés, entre otros hasta que los reinos de Castilla y Aragón se unieron y consumaron la Reconquista y la expulsión de los árabes en 1492 se convirtió en la lengua nacional y comenzó a llamársele español. Actualmente al habla regional de las dos Castillas se le conoce como castellano, pero también lo usamos como sinónimo, al igual que “hablar castilla” como se decía en la Edad Media.
¿Se podría hablar de un español moderno y uno antiguo, si es así, a partir de qué momento se les puede dar esa denominación u otra que tengan?
Claro, el español ha transitado en su peregrinar milenario por varias etapas, así es correcto hablar del español arcaico, medieval, renacentista, clásico, etc. Se considera la fecha de la fundación de la Real Academia Española en 1713 como el inicio de la era del español moderno, aunque otros lo datan ya en los siglos de oro, pues Cervantes es el primer novelista moderno, la modernidad es vieja, tiene ya 400 años.
¿Hay algunas obras representativas, por qué la novela de El Quijote es tan importante?
Es una obra paradigmática, canónica y a la vez la más irreverente y revolucionaria de todas las novelas que se han escrito no sólo en nuestra lengua sino en la literatura universal, sus planteamientos estéticos y axiológicos son los de todos los hombres de todas las épocas. Cervantes emplea una sintaxis elegante, un léxico culto y popular a la vez, arcaísmos, es un retórico y un gran moralista, es una obra sapientísima para conocer la naturaleza humana, además de un registro histórico de una etapa dorada de nuestro idioma. La expresión luego, luego, que uno pensaría que es tan abajeña o tan mexicana, es en realidad manchega, Cervantes la emplea en su magna obra.
¿Cómo se da la fusión del idioma español con las lenguas que hablaban los indígenas?
El español es una lengua amante de los sincretismos, es una lengua inclusiva, flexible, su estructura morfosintáctica ha sido modificada apenas nada desde los siglos de oro, pero sin embargo ha incorporado miles de vocablos de las lenguas americanas como el quechua, el aimara, el maya, el náhuatl, etc., adaptándolas a los cromosomas del idioma, como dice Álex Grijelmo.
Palabras que usemos que sean por ejemplo de origen árabe, náhuatl (u otras lenguas autóctonas)
Hay 4,000 hermosos arabismos en nuestro romance: ojalá, álgebra, alcohol, alhaja, almíbar, alfombra, ajonjolí, alfajor, aljibe, alberca, almohada, jarabe, Guadalajara, Guadalupe, Guadalquivir, etc. el español de México es rico en nahuatlismos: aguacate, jitomate, guacamole, chocolate, maíz, guajolote, petate, metate, cacahuate, mole, tejocote. La lista es interminable, son miles las palabras aztecas hispanizadas.
domingo, 8 de enero de 2012
El español: nueva koiné cultural
Hace algunos siglos, en la época de la Ilustración, la lengua internacional era el francés. Leibniz y Alexander von Humboldt escribieron sus obras en la lengua de Descartes. El siglo XX fue testigo de la consolidación de la lengua inglesa como lingua franca, algunos hispanohablantes destacados comenzaron publicando en francés, pero sus obras maestras las escribieron en inglés, por ejemplo: La era de la información del sociólogo español Manuel Castells. Los ejemplos de intelectuales que escriben en lenguas diversas a su lengua materna son copiosos, más allá del hecho de que sigamos viviendo o no bajo la hegemonía mundial del inglés, la realidad está cambiando. No puedo despejar la incógnita de por qué Elias Canetti no compuso su obra en judeoespañol, hubiera sido un Bashevis Singer de la lengua sefardita, pues era hablante nativo de una lengua milenaria que él siempre consideró arcaica y anquilosada, eligió el alemán, lengua que se perfilaba con alcance mundial hasta la eclosión del nazismo, donde perdió prestigio, mas no influencia en la cultura occidental. Castells ha expresado sus razones: "el inglés es el latín de nuestra época". Con el debido respeto, considero que hay mucho malinchismo lingüístico entre los hispanohablantes. Afortunadamente, esta situación está cambiando, un ejemplo es el historiador francés radicado en México, Jacques Lafaye, quien ha escrito sus últimas obras en español, es un hecho extraordinario que un francés erudito, un humanista de vieja cepa, abandone su prestigiosa lengua francesa para componer tratados históricos en la lengua de Nebrija, su libro Por amor al griego (FCE, 2005) es la demostración de que en nuestra lengua puede escribirse todo, posee una magnífica plasticidad y universalidad para todos los temas del conocimiento. Lafaye consultó bibliografía en los idiomas que conoce, no son pocos por cierto, y la tradujo al español como si de su lengua materna se tratase. El título completo del libro es Por amor al griego La nación europea, señorío humanista (siglos XIV-XVII) y es un viaje a la cultura del Renacimiento no sólo a través del griego sino del latín (y de las otras lenguas clásicas de la época, transmisoras de alta cultura, las semíticas: el árabe y el hebreo). Lafaye es un hispanista, pues su estudio destaca aportaciones ignoradas por otros investigadores sobre la trascendencia de la cultura española de la época en los estudios clásicos, pues siempre se destaca más el influjo italiano, pero la cultura española del siglo XV nada tenía que envidiarle a la italiana, este hecho lo demostró nítidamente Marcel Bataillon con sus estudios erasmistas en la España de Carlos V. Lafaye escribe como mexicano, pues ha adoptado nuestro dialecto, es un apasionado de la cultura mexicana, se deleita citando los libros helenistas de Alfonso Reyes, antes que los de Werner Jaeger, y a las grandes universidades y editoriales de nuestro país. Hay un capítulo dedicado a los estudios helenistas en Castilla que es muy conmovedor por ser tan infrecuente su tratamiento. Cuando nos narra la historia de la Biblia políglota de Alcalá de Henares a cargo del célebre cardenal Cisneros y la colaboración malograda de Nebrija en dicha labor editorial, no puede uno dejar de preguntarse ¿cómo conoce esos detalles? La ciudad natal de Cervantes era un hervidero de genios, lo mismo ocurría en la Universidad de Salamanca, donde Nebrija ejerció su magisterio. El tema central del libro es la introducción de los estudios helenistas a Europa, no sólo la lengua bizantina viva que llevaron los exiliados de la Constantinopla caída en manos turcas, sino la lengua escrita, la llamada clásica o ática, la que fue conservada durante dos mil años en lo que fue el imperio romano de oriente, también conocida como koiné. Una de las causas del renacimiento italiano fue la emigración de los sabios bizantinos a Italia. El estilo de Lafaye es muy ameno, irónico y sobre todo erudito, pues sabe de todo, me resulta muy estimulante que haya traducido un fragmento de la Carta sobre el humanismo que escribió Heidegger como respuesta a Sartre, la traslada del alemán al español, sin tener vestigios de haber pasado por la sintaxis francesa: “El homo humanus es aquí el romano, quien exalta y ennoblece la virtus romana mediante la incorporación de la paideia heredada de los griegos. La paideia entendida de esta manera fue traducida por humanitas.” Lafaye domina el español, incluso mejor que muchos de nosotros, eso es un desafío para aprender mucho del maestro. Me gusta su estilo tan contemporáneo de enunciar verdades, haciendo gala de su agudeza crítica, pues habla de temas que están en los periódicos, en la internet y los fusiona magistralmente con el pasado: <Hoy día los “globalifóbicos” (un nombre griego) son a la “macroeconomía” (otro helenismo), mutatis mutandis, lo que los humanistas del Renacimiento fueron a la escolástica; dado que la economía es en nuestro siglo de fe en el capital, lo que ha sido la teología en los siglos de fe en Dios>. Por amor al griego bien pudo haberse titulado Por amor al español, pues es ya una nueva koiné cultural a nivel mundial, es decir, un instrumento de cultura que los sabios hablantes de diversas lenguas adoptan como lengua científica y segunda lengua materna para difundir el conocimiento.
martes, 3 de enero de 2012
Discurso de "Pasión literaria"
2011 fue un año óptimo para mí, en la FENAL presenté mi segundo libro publicado: Pasión literaria, impreso por una joven editorial leonesa, escribí un discurso para la ocasión y deseo compartirlo con ustedes, apreciables lectores, mi amor por la lengua de Nebrija se manifiesta leyendo, pues escribir es una manera apasionada de leer. He aquí el discurso: <La vida inspira muchas pasiones, una de las más intensas es la de la literatura. La palabra pasión connota padecimiento, es una fuerza que nos somete, que no podemos controlar y a cuyo influjo no podemos oponernos. Pero también significa en su acepción moderna: un gusto, una afinidad, una obsesión, algo muy cercano al amor, destino. Pasión es lo que siento y he sentido a través de los años por la lectura de algunos libros, de ciertos poetas, novelistas y ensayistas. El ensayo no es considerado un género de creación, sino de reflexión, aunque yo aporto algunos argumentos en mi libro afirmando que también es un género creativo: “Los ensayistas son los artistas del palimpsesto, escriben siempre sobre otra escritura y al hacerlo la modifican. A todos los escritores los han inspirado otras escrituras, pero todos lo niegan, todos niegan sus influencias y sus orígenes, la vanidad del oficio literario los encamina a hacerlo. Un verso, el diálogo entre los personajes de una novela, la escena de una obra dramática, la frase de un cuento, pueden inspirar libros enteros”. Pero me es suficiente considerar al ensayista como un glosador, un comentarista, un opinador, un doxólogo, pero un glosador que sabe de lo que está hablando. Las glosas no son poca cosa, han tenido su trascendencia histórica, recuerden las glosas Emilanenses y Silenses y los cartularios de Valpuesta donde fueron escritos los balbuceos de nuestro idioma hace más de mil años, comentarios al margen explicando en romance arcaico textos latinos clásicos o medievales. Mi intención al escribir estos ensayos ha sido la de compartir a algunos de los escritores que he leído, escribir ha sido otra manera de leer, de releer sobre todo la obra de poetas que me fascinan como Labastida, Eliot, Gorostiza, Huidobro; narradores como Borges, García Ponce o Hermann Hesse, ensayistas como Steiner, Albert Béguin y Pérez Gay, y filósofos como Walter Benjamin y Gershom Scholem, entre otros. No son ensayos canónicos ni pretenden serlo, por lo mismo no son académicos, aunque algunos tengan resabios de aparato crítico, son textos muy subjetivos, cuya finalidad es la recreación, me daré por satisfecho si este libro sirve como un texto de difusión literaria, o como texto de iniciación, de primer acercamiento a la lectura de obras literarias, no es un libro escrito para eruditos. Ahora, si alguno de ustedes me planteara las clásicas preguntas teleológicas ¿Por qué y para qué escribir ensayos? Les contestaría citando a la genial filósofa española María Zambrano: “Porque no puedo dejar de hacerlo, porque no puedo evitarlo”. Hablando de finalidades, la principal finalidad de escribir ensayo es celebrar la existencia de la literatura, compartirla con los otros, reflexionar sobre las obras de nuestros escritores predilectos, porque el arte nos humaniza, nos torna meditabundos, más críticos y creativos ante todas las facetas y circunstancias de la vida. Me gusta mucho la clasificación de los tipos de ensayo hecha por el historiador José Luis Martínez en su ya clásica antología El ensayo mexicano moderno publicado por la UNAM en 1958, nombraré algunos a manera de ejemplo: ensayo literario, ensayo breve, ensayo teórico, ensayo fantasía, ensayo discurso, ensayo periodístico, ensayo expositivo, etc., como pueden ver su taxonomía es exhaustiva, yo me sumo a la fila de los que escriben ensayo interpretativo, así lo define el autor: “Es la forma que puede considerase normal y más común del ensayo: exposición breve de una materia que contiene una interpretación original”. Hace dos años Dorian Cano me propuso que creáramos una colección de ensayo para la editorial Amoxco, y me desafió a que encontrara un nombre adecuado para dicha colección, el nombre es Trotalibros, me gusta la palabra, pues qué es un ensayista sino un errabundo de los libros, un trotador de las ideas y las letras, un trotalibros. Pasión literaria es el primer número de esta colección y esperemos que no sea el último, pues las editoriales nóveles y pequeñas están en peligro permanente de desaparecer, si a este hecho se le añade la escasez de lectores, el panorama no es muy alentador, sin embrago aquí estamos publicando libros en nuestra ciudad natal, y esto ya es un gran motivo de regocijo. Escribir un libro implica tiempo, Pasión literaria no fue escrito de una sentada o en una noche febril o de insomnio. Esos son mitos sobre la escritura. Me tardé ocho años en escribirlo, y no sabía que lo estaba haciendo, el libro es una recopilación de ensayos escritos en diversas circunstancias y momentos y casi todos fueron publicados en una primera versión en las revistas leonesas que hemos creado y que son material de colección, pues son prácticamente inconseguibles, me refiero a los veintitantos números de la revista Ochocientos que se editaron durante el 2003 y el 2004. Pero haberlas publicado en Ochocientos, es como no haberlas publicado, me explico, debido a que estos ensayos son prácticamente desconocidos, excepto para las editores, la verdad mi sensación al publicar este libro, es la de estar publicando textos inéditos, que no faltan, por cierto, en Pasión literaria. Está escrito sabiamente en el Eclesiastés: “Cada cosa tiene su tiempo”, aclaro que no escribo partiendo de la nada, sino de mis lecturas, de lecturas que se traducen en el tiempo que he invertido realizándolas. Al igual que la música, la lectura es un arte temporal, se consuma en el vaivén de los instantes, en un resquicio de la eternidad.> Este año publicaré dos libros más, será magnífico 2012.
domingo, 18 de diciembre de 2011
Una historia del latín
Es un hecho del dominio público que los alemanes han sido grandes romanistas, baste mencionar la Historia de Roma de Theodor Mommsen o Literatura Europea y Edad Media Latina de Robert Curtius, ambas magistrales. Hablar de la historia del latín puede sonar a antigualla a quienes no están familiarizados con su estudio. Sin embargo, para comprender y apreciar a cabalidad el origen y la estructura de la lengua española son insoslayables los latines (expresión medieval alusiva a las frases latinas que se aprendían de memoria, y que yo uso refiriéndome al latín culto y al latín vulgar). En esta columna hablaré con frecuencia del orbe grecolatino, pues son los pilares de nuestra cultura, el español no puede comprenderse ni justipreciarse sin las lenguas clásicas. En el ámbito germánico, tan inclinado a la erudición, no dejan de publicarse libros sobre el tema como Latín: historia de una lengua mundial (Latein: geschichte eine Weltsprache, 2009) del filólogo Jürgen Leonhardt, desconozco si ya está traducido a nuestro romance. Hay una proliferación del género historiográfico-lingüístico porque hay nuevos descubrimientos científicos y novedosos enfoques e interpretaciones de un tema que erróneamente se creyó agotado hace décadas. Nos dice el autor con ironía: “A la pregunta de si el latín es una lengua muerta o una lengua viva, hay dos respuestas: se puede decir que el latín es una lengua muerta porque no es hablada por nadie como lengua materna, por otro lado, el latín seguirá vivo mientras sea una lengua hablada y escrita por los hombres.”1 Para Leonhardt la primera respuesta atañe a la lingüística (Sprachwissenschaft), y la segunda a la bimilenaria tradición literaria, es decir, al universo cultural latino. La fascinación de los alemanes por el imperio romano es superlativa, ellos son los descendientes de los antiguos bárbaros que invadieron y colapsaron al imperio romano, pero ellos en su tradición historiográfica a ese capítulo histórico no lo laman, como los que hablamos lenguas neolatinas: “invasión de los bárbaros del norte” sino Völkerwanderung (que se traduce generalmente como “migración de los pueblos”, aunque la palabra “Wanderung” significa viaje y tiene más la connotación de travesía y de peregrinaje que de migración). Los alemanes fueron latinizados muy tempranamente, el alemán aunque es idioma germánico está muy latinizado, y a diferencia de muchos países latinos, se han distinguido por haber dado al mundo grandes eruditos que conocían y conocen el latín como si fuera su lengua materna. Como Gadamer nos enseñó en Verdad y Método, una lengua se domina cuando se interioriza y cuando se puede pensar y sentir en esa lengua sin traducir a la materna, incluyendo las llamadas lenguas muertas. Esta historia mundial del latín nos muestra un panorama diacrónico bien sintetizado desde los orígenes del latín hasta su consolidación como lengua imperial, un capítulo está dedicado al importante tema del influjo del griego, a través de su literatura, en la lengua latina. El contacto con el griego enseñó a la los latinohablantes a escribir literatura, filosofía y retórica. Transformó una lengua de agricultores y soldados en un producto refinado y elegante. El latín fue la lengua del imperio romano, la idea sostenida durante siglos por los filólogos clásicos de que fue unitaria, ya ha sido refutada, el latín tuvo variaciones dialectales propias de cada región, como todas las lenguas. El latín vulgar no nació con la disolución del imperio en el siglo VI d. C., nació con el latín mismo, siempre cohabitaron las dos modalidades, incluso es más antiguo el vulgar porque fue el que realmente se habló con errores gramaticales, con las mínimas declinaciones; el latín culto, el literario que aprendí en la Universidad era un latín artificial, no hablado sino escrito, como ocurre con nuestro español culto y coloquial. Otra hipótesis que tiene cada vez más partidarios es la siguiente: el español no es hijo del latín, es el latín evolucionado, no es tampoco un latín corrompido. La historia del latín se parece a la de la lengua hebrea en su peregrinar (hasta la fundación del Estado de Israel), es una lengua mundial que se quedó sin mundo, salvo la pequeña provincia Vaticana, donde es idioma oficial. Me agradó el planteamiento con el que el autor concluye el libro ¿Es el latín una lengua o una filología? (ist Latein eine Philologie oder eine Sprache?). En su versión clásica es una filología, el valor imperecedero del latín estriba en su cultura escrita, en los libros publicados durante el Medievo, el Renacimiento, y ahora con el nuevo humanismo que se sigue cultivando en las universidades occidentales. El latín está vivo, y aunque estuviera muerto, como hermosamente escribió Andrés Bello en el prólogo a su Gramática Latina: “El latín es el principal sendero que conduce al conocimiento de la antigüedad, nada ha quedado fijo que no haya sido cimentado por los romanos”. Es un orgullo que la Universidad de Guanajuato, en su Centro de Idiomas, tenga un diplomado en latín clásico, el cual es dirigido por la maestra Teresita Ayala, helenista y latinista destacada, además de talentosa políglota. Hace más de diez años estudié lenguas clásicas en sus aulas, me corrijo: comencé a estudiar, pues no he cesado de hacerlo, teniendo ahora como maestros a los libros en varios idiomas y a mis recuerdos.
1.La traducción es mía: ”Auf die Frage, ob Latein eine tote oder eine lebende Sprache sei, gibt es zwei Antworten: Die eine besagt, Latein sei tot, weil es von niemand als Muttersprache gesprochen wird, die andere, Latein sei lebendig, solange es überhaupt von Menschen gesprochen und gescrieben wird”.
domingo, 11 de diciembre de 2011
Un historiador heterodoxo del español
En octubre se cumplió el primer aniversario luctuoso del autor del monumental Los 1001 años de la lengua española, el mejor homenaje para el gran filólogo mexicano es leerlo, y puedo asumir que soy un lector-lector, como denominaba Alatorre a quien lee por pura fruición, independientemente de cumplir con encomiendas académicas. No sólo sus libros filológicos sino sus estudios literarios y sus traducciones, este año fue publicado su primer libro post mortem: El heliocentrismo en el mundo de habla española (FCE) donde un sabio casi nonagenario deslumbra por su radical lucidez y su erudición enciclopédica; quiero sin embargo concentrarme en Los 1001 años por ser su obra más afamada y leída, en colaboraciones posteriores hablaré de sus demás obras. Podría comenzar citando algunos significativos fragmentos de esta historia heterodoxa de nuestro idioma, pero deseo rescatar las palabras que el propio Alatorre hizo públicas en una entrevista realizada por Alejandro Toledo en 1990 (Los márgenes de la palabra, UNAM). Es imposible sintetizar las ocho páginas de la entrevista en pocas líneas, les compartiré, algunos fragmentos. Le pregunta el entrevistador sobre la influencia ejercida en su libro y en su vida por su maestro Raimundo Lida, a lo que responde <…Si yo le presentaba un texto a Raimundo Lida, él lo leía en mi presencia; sus comentarios eran más o menos de este modo: “Fíjese, aquí hay este que seguido de otro. Debería quitar uno de ellos. ¿Qué le parece si acomodamos esta frase así?” ¿Cuál es el sentido de esta corrección? ¿La coquetería? No. Sirve para que el lector no tenga esa piedrita en el camino, para que la frase sea fluida, lo que en resumidas cuentas nos puede llevar a una hermosura del lenguaje.> El maestro aportó también una penetrante definición de su especialidad: “Entiendo por filología un interés por todo aquello que se refiere a la lengua española, lo cual nos hace ir inmediatamente hacia Cataluña y Portugal, y el parentesco del español con otras lenguas hijas del latín, es decir, el estudio de la filología románica. No sólo es la explicación de las palabras del Mío Cid sino también la comprensión de la hermosura de ese poema.” Alatorre explica la historia de la lengua española (HLE) desde las obras literaturas, incluye también obras jurídicas como Las siete partidas, obras históricas y astronómicas, pero el enfoque predominante es el literario. Las peculiaridades de su prosa son: la supresión de aparato crítico, la voluntad de ser un difusor, el humor fino, la elegancia y la claridad, pero en ningún momento la prosa deja de ser erudita como el autor lo pretendía, si entendemos por erudición el dominio enciclopédico de un campo determinado del saber. Un hecho destacable que hay que aplaudir es que su libro fue la primera HLE con fines críticos y divulgativos escrita por un hispanoamericano en el siglo XX, descentralizando así una arraigada tradición, pues desde el siglo XVIII (cuando aún éramos españoles de iure) eran los peninsulares quienes monopolizaban el tema, pues ni el gran Andrés Bello publicó una HLE y don Menéndez Pidal dejó su Historia inconclusa como Schubert su octava sinfonía. Desde el siglo XVI había nacido el español americano, y en pleno siglo XX los historiadores españoles de nuestra lengua habían ninguneado el fenómeno lingüístico conocido como español americano. Hay varias implicaciones que se desprenden de este hecho, pues con las independencias hubo una ruptura política e ideológica no sólo con España sino con la lengua, pero no podemos dejar de ser lo que somos como lo pretendieron nuestros connacionales del siglo XIX, hubo propuestas políticas para adoptar el francés como lengua nacional y erradicar el español. En la opinión de Álex Grijelmo, Los 1001 años de la lengua española nos enseña a amar nuestra hermosa lengua materna. Y cómo no estar de acuerdo con él. Aunque yo la he amado desde que era niño (yo jamás me creí ese cuento de que “fuimos conquistados”), su lectura representa una excelente oportunidad para quien aún no lo haya hecho, de enamorarse de nuestra noble tradición lingüística e histórica. Y sobre todo de conocerla, pues no se puede amar lo que no se conoce. A Alatorre le molestaba mucho que el filólogo español Rafael Lapesa en su Historia de la lengua española hubiera dedicado un breve capítulo aparte al español americano como si se tratase de otra lengua. Ese fue uno de los motivos que lo impulsaron a escribir su propia historia heterodoxa del idioma. Hablamos una lengua neolatina, derivada a su vez del indoeuropeo. ¿En qué momento el latín vulgar hablado en Hispania dejó de ser tal para transformarse en español? ¿Por qué el dialecto castellano prevaleció sobre los otros dialectos peninsulares? ¿Por qué los siglos de oro no tienen parangón con otras literaturas? Las respuestas a estas interrogantes se encuentran en el libro de Alatorre. En América pronunciamos palabras que hace siglos fueron olvidadas en España, el latín hispánico de la época romana ya tenía ese gusto por los arcaísmos y así conservó palabras latinas de hace 3000 años, como nuestro verbo “hablar”, que proviene de “fabulare” (los romanos lo olvidaron y sustituyeron por “loquare”) que significa: narrar historias, disertar en público. Nuestro latinísimo verbo “hablar” trae la tradición retórica en la sangre, y la vocación por la literatura en los genes. No cabe duda, seguimos hablando latín, un latín vulgar refinadísimo y evolucionado.
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